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Albarracin

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Ceñida por las aguas del río Guadalaviar, la población de Albarracín se alza sobre una inmensa mole de piedra desafiando al frío cielo turolense. Abrazada por los Montes Universales, y recayendo sobre ella el pesado legado de una densa historia, Albarracín ha llegado hasta nuestros días como una de las más bellas y hermosas localidades de España. Los colores ocres y marrones de sus intrincadas casas sorprenderán al viajero. A pocos kilómetros de esta pequeña villa de altos campanarios la naturaleza se agrieta para enseñar una de las mejores muestras de arte rupestre levantino

Albarracin

Encaramada a un viejo peñasco

Es una de las villas más ensoñadoras del viejo Aragón. El pueblo está recorrido por una muralla que se asemeja a la cola de un animal mitológico. Una veintena de pueblos de la serranía rodean al bello Albarracín
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Manuel Pérez Rodríguez

 

Nada hace presagiar al viajero que detrás de aquella cerrada curva, que discurre a orillas de un manso río, se halla Albarracín, una de las más ensoñadoras villas del viejo Aragón. Abrazada como está por el Guadalaviar, encaramada a un peñasco al que cuesta modelar, Albarracín ha sorprendido al tiempo y hoy se conserva igual que en el siglo XVII, cuando la historia quiso que empezara su decadencia.

 

Tiempo atrás Albarracín había desafiado a todos los pueblos de su alrededor. Fue en el siglo X cuando en este núcleo musulmán se instaló la familia bereber Banu Razín, cuya notoriedad iría ligada de por vida al devenir del pueblo.

 

Los Razín proclamaron su independencia e hicieron de Albarracín una taifa que duró más de un siglo. Este carácter indómito e independentista no se borraría con los años. Al contrario, la taifa fue la última, junto a Zaragoza, en claudicar ante las dinastías almorávides. Pero la historia no se para ahí. Desaparecida la dominación árabe, un caballero de nombre Pedro Ruiz de Azagra, de Navarra, se hizo con Albarracín convirtiéndola en un fuerte acordonado por una muralla que aún se conserva en perfectas condiciones.

 

Azagra rompió relaciones con Aragón y Castilla. Sus sucesores gobernaron como señores feudales hasta bien entrado el siglo XVI. Entonces, la historia recriminó a Albarracín su carácter indómito y la castigó con el ostracismo.

 

El pasado.

Pero ya era tarde. Albarracín se había hecho con un perfil tan inconfundible y original como bello. Todo lo que fue lo puede ahora admirar el viajero. Este pueblo está recorrido por una muralla que parece la cola de un animal mitológico. De la época de Banu Razín aún siguen en pie las torres del Agua y la del Aguador, reparadas durante el mandato de esta familia.

 

De la posterior época feudal todavía se conserva la Torre de doña Blanca, a la que asocian con ciertas leyendas oníricas. Hay quien cuenta que Blanca de Aragón murió de pena y tristeza en aquella fría torre. Aún hoy, en las noches de luna llena, se dice que su alma baja a las orillas del Guadalaviar, donde se baña su espíritu.

 

Esta ciudad de sombras se hace más densa en las gélidas noches de invierno. Es entonces cuando Albarracín cobra su mayor encanto: las luces que la iluminan adoptan formas que bien merecen ser rescatadas en la cámara fotográfica del viajero. Los arquitectos que la diseñaron desafiaron las leyes más elementales de la física. Sólo con una extraordinaria imaginación se puede intuir cómo muchas casas siguen aún en pie.

 

Las grandes rejas de los ventanales, las aldabas con formas de salamandra, los anchos voladizos de las casas solariegas le confieren unas peculiaridades que raras veces pueden contemplarse en otros sitios de la España peninsular. Desde la Plaza Mayor se accede por una calle estrecha, de extraordinaria belleza mística, a la catedral del Salvador, que en su interior conserva numerosas piezas de imaginería de incalculable valor. Destaca en ésta su altar mayor, al que ensalzan como cumbre del arte aragonés. Al lado se ubica el palacio episcopal, del siglo XVII. En su planta noble, que ha sido recientemente restaurada por los alumnos de la Escuela Taller, se encuentra el museo diocesano.

 

Ciudad señorial.

En una pausada visita por las dependencias de los obispos de Albarracín, el viajero admirará el grupo de siete tapices que narran la vida de Gedeón. De vuelta a las recoletas plazas que salpican la población, el viajero puede subir hasta el cercano barrio de San Juan, desde donde se pueden admirar bellas vistas de esta señorial ciudad.

 

Por las intrincadas calles que suben a las partes altas del pueblo, por escaleras que aún conservan las láminas de madera envejecida de otros años, sorprende el juego de terrazas y anchas balconadas que se acomodan en cualquier peldaño sólido que encuentran en las fachadas. Al caer el día, el entramado urbano de Albarracín se hace inefable. El vecino del lugar, generoso como pocos, muestra orgulloso algunos rincones del pueblo que pasan desapercibidos a los ojos del visitante. La iglesia de Santiago, enfrente de la Casa de Santiago que en otro tiempo perteneció a esta Orden de Caballeros, atesora escondrijos que bien merecen una tranquila visita.

 

Este gran conjunto histórico-artístico, al que quieren considerar Patrimonio de la Humanidad, muestra también un bello convento en honor a San Esteban y San Bruno, situado en la vega, y al que los lugareños suelen visitar con asiduidad guiados por las bondades de estos santos varones.

 

Sólo a cuatro kilómetros de Albarracín, por la llamada carretera de Bezas, de agreste vegetación, se encuentra el Parque Cultural del Arte Rupestre. Bien merece una caminata. El parque muestra más de 20 abrigos en la roca donde se aprecia uno de los más destacados artes rupestres levantinos.

El viajero llegará al parque sin ningún problema, la señalización es correcta. Una guía asesora de los pasos que hay que dar hasta llegar a estos antiguos abrigos que fueron habitados en el epipaleolítico, 7.000 años antes de Cristo.

 

El viajero puede perderse por los poblachos que se acomodan en las suaves laderas de los Montes Universales, seguir el cauce del Tajo hasta su nacimiento en estas serranías o introducirse en otros pueblos de gran belleza monumental como Orihuela de Tremendal, donde destaca su conjunto monumental de iglesias y palacios.

 

Una veintena de pueblos rodean al bello Albarracín en toda la comarca de la serranía. Aparte de visitar Teruel, la capital de la provincia, y admirar el legado mudéjar que invade sus calles y plazas, el viajero puede deleitarse con el paisaje que ofrece el término municipal de Saldón, donde se conserva una masa de sabinares que está considerada como uno de los tesoros botánicos más importantes de la Península Ibérica.